Relatos

Espigas y Melones

Voy a hablaros de mi madre, una niña de la posguerra.

Ella nos cuenta, cuantas veces queramos oírlo, a sus hijos y nietos, cómo sobrevivieron ella y su familia a esos años de hambre, a inviernos en los que se metía el frío en el cuerpo y ya no salía hasta el verano.

Pero lo cuenta como si fuera una aventura, sin rencor, con orgullo de haber superado aquellos años.

Sus padres poco podían hacer por sus hijos.

Su padre murió joven y su madre enfermó desde entonces.

Los abuelos pasaron de vivir cómodamente a perderlo todo.

Pasaron de ser padres preocupados por el bienestar de sus hijos a ser una familia sin casa.

Mi madre es una persona positiva y recuerda esos años con cariño a su familia y a todos los que lucharon como ellos por acabar el día con algo el estómago.

Fueron años de anécdotas, experiencias, años en los que todos a una, decidieron ganar la batalla al hambre y a la pena.

Las claves para sobrevivir fueron la familia y los vecinos, el ingenio y la generosidad, el esfuerzo y la empatía.

Eran personas diferentes a nosotros.

Su lema era compartir y ahora nos movemos por el “todo para mí”

El luchar por un melón y no por un ascenso en el trabajo les ha marcado en la vida.

Son personas que saben vivir, valoran cada momento, no se quejan por tonterías y ven siempre el lado bueno de las cosas haciendo uso frecuente del dicho ”lo único que no tiene remedio es la muerte”

Mi madre y sus hermanos se colaban el huerto del vecino y con la connivencia de los nietos de los dueños recogían las peras y las manzanas que habían caído al suelo cuando éstos habían salido .Los dueños del huerto aprovechaban para salir cuando había caído la fruta. Los vecinos se ayudaban y se  cuidaban.

No había comida en las casas de la posguerra y si había que recoger manzanas caídas, pues se recogían. Eso era un tesoro.

Otra de las anécdotas que me contó trata de mi tío  que recogía nueces y luego las guardaba en un sitio secreto dentro de la casa familiar como hacen las ardillas o las hormigas. Mi tío quería tener comida guardada para ocasiones en las que no había nada que comer. La despensa estaba oculta pues en esa época las puertas de las casas estaban abiertas a todos y había que cuidar la poca comida que se tenía.

Un día fue a la casa un amigo de mi tío y le dijo a mi abuela que le enviaba su hijo para que le diese la bolsa que estaba encima del armario y la abuela se la dio.

Cuando vino mi tío , no sabía nada. Él no había enviado a nadie a por nada. Todo había sido una mentira de su amigo.

Se quedaron sin nueces pero la amistad siguió.

El hambre agudiza el ingenio.

También mi madre y sus hermanas iban al mercado y uno de los puestos al que acudían con frecuencia, era el de los melones.

Parece que mi tía empujaba con el pie uno de los melones que estaba en el suelo fuera del alcance del frutero.

Otra recogía el melón y así ese día tenían algo para comer.

En la sociedad actual, esto es robar pero en esos años eso era comer y más cuando el frutero miraba hacia otro lado para no ver el pie de mi tía.

A veces mi madre y sus hermanas iban a “espigar”.

Recogían las espigas de trigo que estaban tiradas en el suelo aunque de paso arrancaban alguna espiga que aún estaba plantada por lo que después tenían que salir corriendo cuesta abajo huyendo de una buena reprimenda de los dueños y algún que otro tirón de orejas.  Eran niñas de ocho o diez años que corrían todo lo deprisa que podían, con las espigas en las manos y gritando: ¡no me funcionan las piernas!

Después, en casa, separaban el grano de la espiga, lo aireaban y más tarde lo vendían  por “cuatro perras”

Puedo asegurar que mi madre es de esas personas que devuelven los euros que a veces te dan de más en las tiendas pero también es de las que no se deja engañar.

Otro día os contaré más anécdotas que sucedieron en esos años duros para vivir y que no debemos olvidar.

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