Relatos

Pan con chocolate.

La infancia es la clave.

Lo que hemos vivido de niños nos marca en un sentido o en el contrario.

Han pasado años, muchos, desde que éramos solo hijos.

Poco a poco hemos ido asumiendo más roles:

Adolescente, novia, estudiante, mujer, esposa, profesora, nuera, madre de niños, madre de adolescentes, paciente, fracasada y triunfadora (depende del momento), amiga, votante…

¡Qué fácil era ser solo hija!

No tenías que preocuparte por nada.

Ahí estaban los padres para solucionar todos los problemas.

Decía el anuncio “Mi papá lo arregla todo, todo y todo”.

Y así es.

Cuando yo era niña solo me preocupaba una cosa, el año 2000.

Había calculado la edad que tendrían mis padres en ese año y me daba escalofríos pensar que se hicieran mayores o pero aún.

Yo quería ser hija, siempre hija.

En los años sesenta, los años de mi niñez, mi merienda favorita era el pan con chocolate.

El viernes era el día que “tocaba” comer chocolate en mi casa, y digo mi casa porque a la casa de los padres siempre la consideramos nuestra casa por mucho que pasen los años.

La tableta se dividía con líneas invisibles en cuatro raciones para cuatro hijos y cada uno sabía que no podía pasarse de su parte.

El chocolate era Nestle, el chocolate que con su envoltorio rojo daba alegría en el frigorífico y anunciaba el fin de semana.

Era chocolate con leche sin más, sin naranja, sin coco, sin almendras sin cacahuetes…

Y sabía a “gloria”.

¡Y el pan!

No había que ir a tiendas delicatesen para encontrar un pan jugoso y crujiente a la vez.

Teníamos la tienda del barrio en la que no había mucho pan para elegir pero en la que cualquier elección era acertada.

Incluso hubo un tiempo en el que venía al barrio el panadero con su carro y su burro y nos repartía el pan a los vecinos.

Y no hablo de una época perdida en la historia. Hasta yo me sorprendo al recordar este hecho.

Pero es así, el pan lo repartía el panadero con su carromato y su burro.

 La de pillerías que le hacían al burro los chicos del barrio.

También recibíamos en casa la visita diaria del lechero, siempre a las tres, con sus botellas de leche en vidrio. Tampoco había leche para elegir. Era leche y punto. No había leche semidesnatada, desnatada, sin lactosa, sin gluten, de almendras, de coco, de soja…

Recibíamos las botellas llenas y entregábamos las botellas vacías. Eso sí era reciclar.

Además del pan y la leche, disponíamos de otros alimentos que se compraban en la tienda del barrio a la que íbamos a diario.

Era una tienda pequeña, como los supermercados actúales que provocan ansiedad al obligarnos a elegir entre cientos de productos.

Solo un modelo de yogures, solo una clase de manzanas, el chocolate Nestle, la nocilla era la única crema de leche, cacao, avellanas y azúcar y solo un colacao con su envase del África tropical que ahora sería totalmente incorrecto.

En la tienda se vivían ratos y ratos de espera mientras eran atendidas las clientas que estaban delante.

Allí no se colaba nadie. Las vecinas del barrio lo impedían.

Sí, las vecinas pues hacer la compra no era cosa de hombres y si uno iba en un descuido había que dejarle pedir para que no esperara. Era una ley no escrita. ”Ole el machismo”

Según escribo, creo que me he metido en un capítulo de “Cuéntame”, o en la película “La gran familia” o en cualquier película de Paco Martínez Soria, pero es que la realidad era así.

La tienda era como el “Sálvame”. Allí te enterabas de los cotilleos.

La televisión nos ofrecía la posibilidad de ver buenas obras de teatro en Estudio1.Siempre me he preguntado por qué no se han vuelto a hacer.

A mí me gustaban las novelas. Cada día un capítulo de  “El Conde de Montecristo”. Inolvidable.

No había realities y éramos felices. ¿Quizás éramos demasiado simples?¿Nos conformábamos con poco?

Por la noche, poca tele nos dejaban ver.

Si el programa tenía un rombo me podía quedar a verlo, pero si tenía dos rombos solo mi hermano mayor tenía el privilegio de quedarse.

Los domingos de verano íbamos al campo.

Llegábamos pronto para elegir árbol que siempre era el mismo.

Todos los domingos el campo se llenaba con las mismas familias.

Un pequeño río corría sin ganas cerca de nuestro “campamento” y en él fue dónde aprendimos a nadar todos los niños domingueros.

¿Qué se hacía en el campo para que no perdiéramos ni un solo domingo estival la oportunidad de estar allí?

La movida comenzaba a las seis de la mañana cuando oíamos como mi madre trasteaba en la cocina.

Cocinaba tortilla de patatas, torreznillos, filetes empanados…

Preparaba bebidas, hielos, café.

Colocaba bolsas y bolsas llena de cacharros, cubiertos, servilletas, comida…

Y así horas después estábamos preparados para pasar un día en el campo.

Orugas, mosquitos, ortigas, cardos…todos eran compañeros en nuestros domingos de verano.

Pero también lo eran los juegos, las risas, las aceitunas, las carreras, los baños.

Al final, el balance era positivo.

Durante la vuelta a casa que duraba apenas veinte minutos, nos dormíamos profundamente en el coche. La llegada era el momento de espabilarse, un momento traumático en el que pasábamos de estar en la primera  fase del sueño a la actividad más frenética descargando los trastos del día.

En invierno se hacía “la matanza” en el pueblo de mi padre.

Todavía tengo los chillidos del cerdo guardados en algún sitio de la memoria.

Y el frío. ¡Qué frío hacía!

Solo había una habitación caliente en la casa, la que tenía “la gloria” que era calor bajo el suelo. ¡Qué apropiado era el nombre para este lugar!

En el pueblo la vida era diferente.

Había “ubers” que eran los burros que llevaban a sus pasajeros a veces a dónde querían y otras veces a dónde quería el burro. Dependía de la destreza del jinete o del conocimiento que ambos se tuvieran.

La tarjeta de crédito era una vara de madera con la que íbamos a la panadería. Con cada pieza de pan que se compraba los panaderos hacían una señal en el palo.

No había que utilizar papel.

Poco había que reciclar.

Tal vez habría que echar un vistazo a esos tiempos en los que cuidábamos de nuestro mundo sin apenas esforzarnos.

Ahí estaban las gallinas y otros animales para acabar con los residuos orgánicos en un “pispás”.

Ahora está de moda hablar de la España vaciada.

Pues hablemos en serio porque ahí, en los pueblos, puede estar la solución a muchos de nuestros problemas.

Pero que la solución no pase por convertir los pueblos en ciudades.

Pan con chocolate, jugar en la calle, domingos en el campo, eurovisión, comprar la televisión en color para los mundiales de fútbol, cambiar los tebeos en el quiosco, las pastillas de leche de burra,  estrenar zapatos el domingo de ramos, los duros y las pesetas, Castilla la nueva y Castilla la vieja, la foto del cole con el mapa detrás, el socavón del atentado de Carrero Blanco, La clave, el 1, 2, 3…

Mirando a la niñez vemos nuestra vida.

Venimos de la infancia, para algunos la parte más importante de nuestra vida, la que nos marca en el futuro.

Siempre me gustará merendar pan con chocolate. Aunque no lo tome con frecuencia, su sabor está ahí, en el cajón de las cosas buenas.

Hasta la próxima reflexión.

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